Lemon Tree

Yesterday you told me about the blue, blue sky.
And all that I can see
Is just a yellow lemon tree.

Esta canción sonaba en mi cabeza cuando tenía 16 años, la escuchaba mil veces (como hoy, como ahorita). Todo en absoluto era más sencillo, mi mayor responsabilidad era estudiar y sólo estudiar, mantener el cuarto ordenado, chequear de cuando en vez a mis hermanos.

Hoy he regresado a tener 16, he recordado a mis amigos queridos, mi sonrisa de aquella época, a mi primer enamorado. Qué increíble es esa edad, yo juraba que con él me casaba, que tendríamos hijos (a los que obviamente ya les habíamos puesto nombre: Carolina y Santiago), que pasaríamos la vida juntos. Evidentemente eso no pasó, terminamos un año después, no tuvimos a Carito ni a Santi, la vida nos vino encima con todos sus retos. Recuerdo a mis amigos, nuestras tremendas aventuras, nuestras conversaciones interminables por teléfono, nuestras risas acompañadas de palmas y dolor de estómago, nuestra complicidad. Recuerdo a Ronald, el mayor de todos mis amigos de aquella época, llevándome a conocer el Centro de Lima para que cuando vaya hacia allá no me pierda, enseñándome cómo cuidarme, siempre amable, siempre atento. Recuerdo a Evelyn y su dulzura combinada con velocidad mental para maldecir al que se lo merezca, pero siempre muy dulce… Ella me hizo los huequitos de las orejas, a agujazo limpio. Los hizo mal, uno más arriba que el otro, pero cómo nos reímos (entre mis lágrimas) ese día.

16 y mi hermano

Recuerdo la cantidad de veces que pensé, a los 16, que mi papá no me entendía, que mejor y más sencillo era hablar con mi mamá a pesar de nuestras diferencias de pensamiento, de perspectivas. Un día ella se rindió y no me pidió más que ordenara mi cuarto, «es tu espacio», me dijo. Pinté las paredes de rojo, fumaba con las puertas y ventanas cerradas (para que no se den cuenta, según yo), mi mamá movía la cabeza de un lado a otro, pero nada más. Hablamos de todo, de todo en absoluto, su franqueza y transparencia a veces me abrumaban, «las mamás de mis amigas no hablan así con ellas…», pensaba. Tenía total apertura conmigo, hasta que le pedía ropa prestada y ahí comenzaban nuestros problemas…

Mi vida cambió a los 17 años, todo comenzó a ir más rápido, muy rápido, muy rápido, muy rápido. Según yo, yo iba a la misma velocidad, «tranquilos, yo puedo con esto», repetía. Y todo se puso de cabeza.

Hoy lo he recordado casi todo y ha sido increíble. Increíble lo que sucede, increíble cómo la vida cambia de un día para otro. Cómo llegan ciertas personas a ti, gente que se mantiene con los años, gente que desaparece. Increíble mirar en perspectiva y recordar con cariño lo ya vivido, añorar la simplicidad de los problemas (y de las soluciones a esos problemas).

Todo lo repetiría, todito, inclusive -y principalmente- la manera cómo cambió mi vida a los 17.

Hablamos,

Lu

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