Las mamás necesitamos vacaciones de la maternidad

Antes de separarme, cuando éramos cuatro viviendo en la misma casa, el papá de mis hijas y yo nos encargábamos de todo, cada uno con su afán, cada uno con sus talentos, ahí íbamos avanzando, aprendiendo y fregándola acerca de nuestras hijas. Cuando nos separamos y cada uno tenía su propia casa, yo asumí que mis hijas se quedarían a vivir conmigo y que él las tendría sólo los fines de semana. Jamás fue así. Desde el minuto cero me pidió que tuviéramos custodia compartida, un mes las chicas vivían con él, un mes conmigo. Durante ese mes nos íbamos repartiendo los fines de semana. Casi me muero, en efecto morí un poquito.

La propuesta partió por algo que era real, por algo que vivíamos en casa todos los días: el papá de mis hijas también criaba (cría), no “ayudaba”, no “me ayudaba” en todo lo referido a SUS hijas. Así partió su propuesta: “Lu, yo hago tareas con mis hijas, yo las baño, las acuesto, les doy de comer, les tiendo la cama… (y un largo etc…), ¿por qué tendría que dejar de hacerlo?. Dije que no desde el minuto cero, me parecía una locura, algo descabellado, imposible, mis hijas estarían mejor conmigo porque yo era la mamá, obvio, ¿no?. Después dije que sí, el primer mes después de separados estarían conmigo, quizás y él se olvidaba de la propuesta pasando los días… No fue así, terminó el primer mes y según lo acordado fui a dejar a mis hijas a su casa, a que comenzaran el mes con su papá.

Todo pasó en segundos, entre que llegamos, bajé las maletas del carro, me despedí y volví a subir al carro y arranqué. Ana tenía 12 años, Ale 4. Avancé tan solo una cuadra, volteé una esquina y no pude más, el llanto era inevitable, lo llamé: “devuélveme a mis hijas por favor”, le rogué. Como si me las hubiera quitado. “Tranquila, yo pasé por lo mismo, todo va a estar bien”, me dijo. No le creí y seguí llorando, así todo el mes. Mi vida eran mis hijas, mis pendientes eran mis hijas, mi agenda estaba llena de temas de mis hijas, sin mis hijas no tenía nada, creí eso años antes y casi los siguientes tres meses. Cada vez que ellas volvían, volvía mi vida, mi luz, dejaba de ser una mujer triste y volvía la alegría a mí, ¡volvieron, volvieron!, la casa llena de flores y de ilusión otra vez. Hasta que se volvían a ir.

Así pasaron los meses hasta que un día, en un mes en el que ellas no estaban conmigo, fui a la peluquería, también fui a tomar un café, leí un libro completo, salí con mis amigas, no llegué a mi casa un fin de semana completo, me quedé en la oficina hasta apagar todas las luces (varias veces), dormí también un fin de semana completo, hice voluntariado, empecé proyectos personales… Hice con mi tiempo lo que quise, no le pregunté a nadie si podía quedarse con mis hijas, no las estuve llamando para saber cómo iban (estaban con su papá), para decirles que ya estaba llegando que andaba un poco demorada. Nuevamente: hice con mi tiempo, con mi vida, lo que quise. No es que antes no lo hacía, no es que jamás salía, es que la perspectiva y la reflexión fue distinta, no sé si me dejo entender, mis hijas pasaron de ser mi vida completa a ser parte de mi vida (un parte enorme), entonces yo no era sólo y principalmente “Lucero, la mamá”, era “Lucero”, haciendo lo que quisiera, sabiendo que podía, sabiendo que tenía más vida antes, durante y después de sus hijas. No vivía por mis hijas, vivía por mí, para mí y mientras yo estuviera (y me supiera) más plena, más completa, era mejor persona para ellas. Ahí lo entendí.

Contemplando. En alguno de los tantos viajes que he hecho -sola y acompañada- durante estos últimos años.

Y comencé a atesorar mis momentos sin ellas, sin culpas, sin remordimientos de solo querer tiempo para mí. Ellas estaban bien sin mí, ellas no me necesitaban (no me necesitan) todo el tiempo, ellas necesitaban (necesitan) también tiempo con su papá, tiempo solo de ellas para ellas. Y comencé a ser más feliz. Mi tiempo sin ellas eran mis vacaciones de ser mamá, aunque siempre estamos en contacto y ante cualquier eventualidad ahí estuve (y estaré). Y valorar este espacio me ha abierto un centenar de posibilidades, que -ojo- nadie me las bloqueó, nadie más que yo misma y mi idea que ser mamá era estar atenta 24/7, que nadie podía hacer mejor las cosas que yo acerca de mis hijas, que quien tenía que hacerlo casi todo era yo (¡porque era la mamá pues!), que mis hijas iban a necesitarme todo el tiempo y tenía que estar ahí para responder y estar a la altura de la maternidad. Mentira, mentira y más mentiras. Ni eres indispensable, ni eres única, y tu compromiso como mamá no se mide por el tiempo que pasas pegada junto a tus hijos. Una mamá, un papá, un ser humano, necesita estar y sentirse bien dentro para hacerle bien a otro ser humano, a un hijo.

Mamás descansadas, mamás sanas emocionalmente, probando, ensayando, equivocándose desde el cariño, todo desde el cariño, hacia ellas mismas primero y luego hacia el resto. Eso se nota, eso se vive. Mi deseo, desde aquella vez que descubrí que era más que solo ser mamá, es que el resto de mamás puedan tener (darse, ofrecerse) tiempo para ellas mismas, sin culpas, para hacer lo que quieran. No les va a pasar nada a sus hijos, en serio, prueben. Son más que solo mamás, son mujeres con diversas pasiones, con anhelos y, principalmente, con posibilidades.

Y -ojazo aquí- no se trata de que yo tuve “suerte”, que el papá de mis hijas no representa a la mayoría. Recuerden por favor, la crianza es responsabilidad de ambos, DOS. Y si estás sola también puedes llegar a ser una mujer plena, sería ideal que este sea uno de tus principales objetivos de vida para que encuentres la manera. No vivamos a través de creencias limitantes, cuestionémoslas, rompámoslas.

Hablamos,

Lu

PD: Lo de que mis hijas vivan un mes conmigo y luego un mes con su papá y así todo el año, lo dejamos de hacer hace ya buen tiempo. Hemos avanzado por ensayo y error, hemos ido calibrando hasta encontrar lo que mejor no hacía a todos. Hoy tenemos un acuerdo distinto: enero con papá, febrero con mamá, de marzo a julio con papá, de agosto a diciembre con mamá. No importa con quién estén, nos vemos todas las semanas, vivimos a cuadras y la voluntad de seguir criando juntos está presente todos los días.

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