La niña que paró de hablar

Alejandra es una fuente inagotable de conversación. Cuando tenía dos años y solo decía: “ño”, “abua” y “guaguau”, creíamos que no hablaría, nos preocupamos un poco la verdad. Repetía solo esas palabras y el nombre de su hermana, así estuvo meses. Un día comenzó a incorporar nuevas palabras, decía más y de manera más constante, nunca más paró. La preocupación de que no pudiera hablar se convirtió luego en angustia porque no se callaba, jamás. ¿Respira?, nos hemos preguntado más de una vez. Hoy, con 11 años, su repertorio verbal es más que amplio, es enorme, su voluntad para comunicarse es excepcional y sus temas de conversación, infinitos. En más de una oportunidad me he visto mirando al vacío mientras ella iba contándome la película #3 de una saga de 8…, yo asentía, validaba, me sorprendía, pero no escuchaba. Lo siento Ale, una hora y media hablando de personajes, tramas, sin parar, me dejan -a veces- en shock. He visto a mi mamá quedarse dormida, tener ya varios minutos durmiendo, y Ale hablándole (sin darse cuenta) del artículo de Selecciones que leyó acerca de la importancia de los abuelos en la vida de sus nietos. Mis papás dicen que salió a mí, su abuelita paterna dice que salió a su papá. Fácil la combinación de ambos dio vida a estar inmune al silencio, que se apropió de la palabra, de todas y cada una.

Es necesario este preámbulo porque muchos -quizás todos- no entienda entonces el título de este post. Y es que hay un solo momento en el que mi niña lora, a la que a veces -debo confesar- no escucho, en el que simplemente no habla, se pone monosilábica, mantiene largos silencios y no dice más. Como ya lo he contado, mis hijas pasan meses viviendo con su papá, otros meses conmigo. Cuando no están conmigo las llamo todos los días, si es que no las veo, espero saber cómo están, qué hicieron, alguna novedad, algo de lo que quieran hablar. El momento de llamarlas para mí es sagrado y exclusivo, somos ellas y yo haciendo más corta la distancia. Y es ese momento, esa llamada que le hago exclusivamente a Ale, mi terror del día, porque es el momento que elige parar de hablar.

Ale, una de las tantas tardes en las que nos vamos por un cafecito y por postre <3

“Bien, no, sí, ya, sí, no, te quiero, copitas de vino y tortas de chocolate”, esas son básicamente las palabras que me dirige. Lo de “copitas de vino y tortas de chocolate” es su manera de decirme “que te vaya bien, que estés bien”. A su papá le dice: “plastelinas y legos”. Se darán cuenta de la diferencia en las despedidas que hace mi hija según si habla conmigo o con su papá, ¿no? Ese es tema para otro post… jijiji.

Les decía, le pregunto de todo y no logro sacar más que un sí o un no, a veces un bien, con suerte dos palabras: muy bien. No logro comprender cómo es que esta niña que habla todo el día, justo cuando yo la llamo, justo cuando no la tengo cerca, justo cuando más quiero saber de ella, decide no hablar. Y es que todo, ahora que me leo, lo estoy viendo desde mi lado: yo quiero hablar con ella, yo quiero decirle, yo quiero escuchar. A ella no le he preguntado, hasta ahora, por qué no me dice más en esos momentos. Podría ensayar algunas ideas: mis preguntas son muy monses (y son las que hacen papás y mamás siempre): ¿cómo estás?, ¿qué tal todo en el cole?, ¿alguna novedad?, ¿Comiste?, ¿Hiciste la tarea?. Admítanlo, esas preguntan hacen, hacemos, y seguro obtenemos las mismas respuestas. Alguna vez leí un artículo que, hablando de este tema específicamente, decía que si queríamos respuestas distintas debíamos propiciarlas con preguntas que sacaran de cuadro a los niños, que los invitaran a decir. Jamás lo sentí necesario con Ale, ahora sí. Preguntas del tipo: ¿y hoy en el cole alguien llevó en la lonchera gelatina de kétchup? La respuesta podría seguir siendo “no”, también podría ser: qué hablas mamá/papá, ¿kétchup?, eso debe ser feo, pero Catalina llevó maracuyá y eso me gusta, ¿puedo llevar también eso?, porque a veces no quiero tomar la chicha que me mandas… y blablablabla, ¡chan!, se produjo la conversación. Preguntas abiertas, que no inviten a solo un sí o un no, que inviten a elaborar, a desarrollar una conversación.

Ensayando más ideas, quizás Ale me diga que justo la hora en la que llamo (que usualmente es la misma siempre, ahora que lo noto), ella no quiere hablar, o está haciendo otra cosa que yo estoy interrumpiendo, que mejor pensemos en otro momento para poder conversar. Quizás me diga que mejor acumulemos días para hablar, no todos los días, sino dejando uno o dos, así va “juntando” cosas qué contarme. Quizás podría ser cualquier cosa, mejor le pregunto.

Este post me ha resultado útil personalmente, espero que a ustedes también. Yo, creo, tener las cosas un poco más claras, por lo menos ganas tengo de hacer preguntas, muchas preguntas…

Hablamos,

Lu

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