De cómo un trastorno alimenticio cambió la vida de una familia completa

LLevo cerca de 40 minutos tratando de escribir esto, solo comienzo a recordar y no puedo dejar la cantidad de emociones que vienen a mí. La verdad es que llevo casi 5 años tratando de escribirlo.

Anita tenía 15, estaba en 4to de secundaria, no recuerdo el día exacto, estábamos en mi cuarto, yo estaba en la cama, era invierno. No recuerdo si Ale estaba, supongo que sí. Por alguna razón Ani entró a mi cuarto, se comenzó a quitar la ropa que traía encima porque iba a probarse algo, creo, esta parte no la recuerdo tan bien. Traía varias capas de ropa encima, era invierno, repito. Se quitó todo lo que traía de la cintura para arriba, aquí comenzó la pesadilla, la de la familia, ella ya estaba en una hacía varios meses atrás.

Levanté la mirada, ella estaba de espaldas, ella no era mi hija, era un cadáver. Podía ver con claridad su columna vertebral, cada huesito, sus hombros en punta, eran claramente los huesos, había casi nada de músculo. Lamentablemente mi horror fue tanto que sólo atiné a gritar “qué pasó Anita, qué pasó” y llorar. Anita me miró y lloró, no recuerdo qué me dijo, sólo recuerdo su cara de susto, ella había cargado con esto desde tiempo atrás y no nos dimos cuenta hasta ese día. Ella tenía un trastorno alimenticio, tenía anorexia. En efecto, aún la tiene, esto se queda contigo toda la vida. De inmediato llamé a su papá y este se convirtió en un tema que buscamos entender, resolver como familia.

Ilustración de Luis Parejo

La situación era crítica, Anita había perdido demasiado peso, tenía anemia, ya no le venía la menstruación, su piel estaba bastante seca y esto era sólo lo físico, faltaba todo lo emocional, estaba también en medio de una depresión. ¿Cómo pasó? ¿Qué debíamos hacer? ¿Qué primero, qué después? Atinamos a abrazarla, a asegurarle que estábamos ahí para ella, que contaba con nosotros para todo, que confiara en nosotros. Nos contó que en el colegio algunas niñas de su salón hacían muchos comentarios acerca de su peso. Ana ha sido muy delgada desde siempre, muy delgadita, no ha tenido sobrepeso en ningún momento, pero las niñas de su salón -por alguna razón que jamás llegaré a comprender- le vieron una pancita y se lo hacían notar, constantemente, tantas veces como creyeron debía ser posible. Sumémosle a esto el que Anita estaba emocionalmente vulnerable, con el autoestima nada fuerte, bajo estas circunstancias esos comentarios fueron bombas para ella. Comenzó seleccionando la comida, luego simplemente dejó de comer. No me di cuenta, lo juro. Yo corría a la hora del desayuno, ellas se iban al cole, yo a mi trabajo, no estaba a la hora de almuerzo, sólo la nana pero Ana se las arregló para que no se diera cuenta o no dijera nada. Yo llegaba para la cena, a veces. “Ya comí”, decía, con eso ya estaba tranquila, no podía imaginar lo que estaba pasando por su cabeza.

De inmediato contactamos a los mejores, fuimos al psicólogo, nos envío al mejor psiquiatra del Perú. Ambos tuvieron una empatía increíble con Ana y esto es básico para comenzar a tratar la enfermedad. El psiquiatra nos dijo lo grave que era todo, fuimos al médico para ver su salud física y el diagnóstico fue terrible. Mi hija se moría. Nos recomendaron internarla un año completo, que deje el colegio, comenzar a tratar la salud física y cuando su vida esté asegurada, comenzar con su salud emocional, su mente. Nos dijeron esto a los tres juntos, nuestras caras lo decían todo, Ana entró en desesperación, “no puedo dejar el colegio, voy a curarme, no me internen por favor”. No sabíamos qué hacer, es decir, sí sabíamos. Lo mejor era internarla y salvaguardar su vida antes que nada, el colegio no importaba, primero era ella. Insistió, lo conversamos, lo sometimos a consulta con otros especialistas, nos desesperamos también. Sólo queríamos que estuviera bien, pero en ese proceso estaba sufriendo, fueron días terribles, llenos de dolor y de mucho miedo.

No la internamos, comenzamos el tratamiento psiquiátrico a la par del físico. Fuimos a la mejor nutricionista del país, quien junto al médico iba controlando cada detalle de su salud. Ella también hizo empatía de inmediato con Ana, básico, básico, básico. Éramos un equipo completo, Anita era parte del equipo y también nuestro foco de atención. Cuando su peso, su hemoglobina y todo lo físico volvió a números normales, el psiquiatra nos dijo que estaba asombrado de la manera cómo Ana se había recuperado. “Primero se ve la salud física, luego la mental”, nos dijo, “ella está haciendo todo junto y está logrando resultados muy buenos y en tiempo récord”. Mi niña es una luchadora, lo ha sido desde siempre. Dejó de medicarse, muchos meses después volvió la menstruación, su piel cambió de color y el pelito que le cortamos (para que los nutrientes de sus alimentos vayan a otra parte de su organismo donde más se necesitaban) comenzó a crecer. La percepción de sí misma era el issue sobre el que aún debíamos trabajar aún más.

La vida nos cambió por completo, pusimos más atención, fuimos más claros en los mensajes que les envíamos a ella y a su hermana acerca del cuerpo, del peso, de la construcción de un mundo interior fuerte y valioso, de quererse a sí mismas fuerte, muy fuerte, del compromiso con nuestra vida. Algo que también trabajamos con más firmeza fue acerca del impacto de nuestras palabras sobre el resto de personas, de no juzgar, de aprender a mirar hacia dentro, afuera no tiene sentido. Cambiamos la manera cómo comíamos, qué alimentos usábamos, nos volvimos más saludables, eliminamos todo aquello que pudiera significar una crisis de ansiedad por “la subida de peso”, como las grasas malas, que finalmente nada bueno le hacen a nuestro cuerpo. Nos comenzamos a alimentar para estar bien de salud, bien nutridos. Todo de la mano siempre de la nutricionista. También nos metimos mucho más en el deporte, en la actividad física para mantenernos bien de salud, sanos.

Así van a ser ya casi 5 años. El papá de Anita y yo nos escribimos de cuando en vez para saber cómo está comiendo Anita en la casa de cada uno. Ahora que se fueron de viaje le pedí que no dejara de poner pescado en alguna comida de la semana, este tema nos va a seguir siempre, pero Ana es ahora participante activa de todo, ya no tiene 15, ya es consciente de lo mucho que puede afectar su vida una decisión mal tomada. Sabe también que ante alguna duda, la que sea, acerca de cómo se ve, de cómo se percibe, aquí estamos -la familia completa- para ella, para lo que necesite. Cumple 20 en unos meses, la han visto, es una mujer preciosa, sumamente talentosa, valiente, valiente, valiente como ninguna, sin embargo fue víctima de lo que hemos construido como “imagen ideal de mujer”, delgada, perfecta. Tengamos cuidado con aquellos mensajes que les enviamos a nuestros hijos, ya bastante tienen con todo lo que ven como “modelo” en la tele, en las redes, etc. Pongamos especial atención en la construcción de una sólida autoestima, en la construcción de una mirada saludable y optimista acerca de ellos mismos, refrendemos constantemente que lo importante es lo que cada uno trae dentro, pero no lo repitamos nada más, seamos consecuentes, acompañemos con acciones.

Anita, no me canso de repetirlo, eres una mujer muy valiente. Te quiero.

Lu

6 comments

  1. Cuan importante es estar pendiente de nuestros hijos, de lo que hacen, lo que les gusta , sin invadir su privacidad.
    Los padres somos, desde un comienzo, los únicos responsables de la vida adulta de nuestros hijos.

    Era muy valiente Lu,
    Una vez una profesora nos preguntó si viéramos a nuestro hijo en la calle inmerso en drogas u otro mal hábito, que harías ,?? Me preguntó.

    En resumen a mi repuesta , fue : buscaría donde me equivoqué y empezaría todo de nuevo , fue muy dura la pregunta porque teníamos que imaginarnos la situacion real .

    Las madres somos más fuertes de lo que nuestra mente pueda imaginar
    Podemos cambiar el mundo sino queremos, pero empecemos a cambiar el mundo primero a cambiar nuestro mundo para nuestros hijos.

    Un abrazo

  2. Gracias Lu. Hiciste que ponga mis pies sobre tierra firme. Gracias.
    Dios las bendiga. Sigan así: fuertes y valientes. Abrazos.

  3. Nuestros hijos nos dan las mayores satisfacciones y los mayores temores también. Te agradezco por ser tan honesta con nosotras y hacernos ver la realidad que podemos estar viviendo sin darnos cuenta. Sigo a Ana en el instagram y lo único que puedo decir de ella, en lo que veo, es que es de lo mejor!! Talentosa, inteligente y hermosa.. tus hijas son tu gran reflejo .. Estoy pasando también momentos difíciles con mi hija mayor.. y tu post, me ayuda a entender que hay luz después de tanta oscuridad..
    Lo mejor para ustedes Lu!!

  4. El tema del peso.. es como si fuera lo único que importa al ser mujer… .me da un coraje!! Qué bueno que Ana haya aprendido a manjarlo, pues desgraciadamente es algo por la que siempre la juzgarán… Es algo por lo que siempre nos juzgan!! Un beso para ambas, son mujeres muy valientes y admirables!

  5. Los trastornos alimenticios tienen un trasfondo más complejo que sólo la imagen corporal. Lo digo porque yo los sufrí. Llegué a pesar 35 kilos y casi muero. Hoy tengo 40 años y un hijo, sobreviví, y fue gracias al apoyo de mi madre. Si bien es cierto todo comenzó porque quería ser más delgada de lo que era, lo que realmente me llevó a ello fue la tristeza tan grande que sentía por la muerte de mi papá y lo que mi vida había cambiado desde ello. Por eso ahora como madre me doy cuenta que si bien es cierto los comentarios físicos y la idea que le damos a nuestros hijos de la belleza estética es importante, lo más importante es hablar siempre con ellos, saber si se sienten tristes, si algo les afecta y no quieren decirlo, darles la confianza necesaria para que nos cuenten las cosas. La depresión, la falta de confianza con los padres, etc es lo que lleva a los jóvenes a cometer errores. Es tan importante estar cerca y al tanto de nuestros hijos…
    Bendiciones y gracias por compartir tu historia.

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