Peleando con un adolescente :/

Anita, mi hija mayor, cumple 18 años en tan solo algunos días (inserte lágrima de la madre aquí). Si bien ahorita deja de ser una adolescente pues aún lo es, con todo lo que esta etapa implica (inserte lágrima de sufrimiento de la madre aquí). Si bien es esta mujer fuerte, valiente, maravillosa, consistente y constante, es también un pocotón de mal humor andando. Todo lo define la manera cómo se despierte, si se oye un “mamita linda, buenos días”, uff será un muy buen día. Pero si lo que oyes es un “grrr….” sumado a una mirada que mata, mejor me preparo para lo que vendrá.

Anita es tan dulce como el mejor cacao al 60%, no mucho, suficiente. Pero revienta con facilidad, se indigna, sufre, su visión maravillosa cambia por una totalmente negativa cuando algo no le cuadra. Cuántas veces he llamado a mi mamá para preguntarle si yo era así a esa edad, todas esas veces mi sabia madre ha respondido: “no te compares con tu hija, ella y tú son personas distintas, reaccionan distinto y eso no hace mala a una ni buena a la otra”. Y bueno, han habido veces en las que ser psicóloga no me ha servido de nada tratando de calmar a mi fiera, o tratando de que vea las cosas de una manera distinta. Soy un ser humano y uno bastante intenso además, así que he explotado también y no he manejado bien nada. También han habido oportunidades en las que el manejo de la situación ha sido un éxito y ambas hemos terminado felices, o por lo menos mucho más tranquilas.

Y es que el manejo de las situaciones de conflicto, que además se presentarán durante toda la vida sea porque las generamos nosotros mismos o nuestro entorno, son valiosas oportunidades para darle forma a la salud mental de nuestros hijos y también al tipo de relación que como padres tenemos con ellos. Entonces, siendo que los adolescentes ya tienen capacidad -a diferencia de los niños- de ver más allá de ellos mismos, es justamente esto lo que permitirá que los conflictos se manejen de manera constructiva: la posibilidad de apreciar un punto de vista más allá del propio. Es difícil, claro, pues claro que sí. Cuántos adultos aún no logran ver más allá de ellos mismos, pero vamos, es posible aún entrenarnos en esto.

Practiquemos, imagina una situación de conflicto con tu hijo/a adolescente, cualquier situación. Quizás un permiso a salir a una fiesta, quizás comprar un algo específico. Tú dices que no, por las razones que sean, pero es no. Tu hijo grita, patalea, se va y finalmente nadie arregló nada (porque nos interesa arreglar, ¿cierto?), entonces todo perdido, una discusión más sin resolver. Pero espera, aquí es momento de bajarle a la intensidad y ser los adultos maduros, acercarnos a nuestros hijos y hablar acerca de por qué quiere ir a tal fiesta, qué hay, qué lo motiva, por qué quiere ese algo para comprar… Los desacuerdos seguirán seguramente, pero aquí ya habrá un mayor conocimiento, por tanto, mayor entendimiento. Y además en un ambiente de real comunicación y amabilidad. Eso no soluciona el conflicto en sí, pero vaya que forma en el manejo de los mismo.

Ojo, con esto no quiero decir que TODOS los conflictos son oportunidades, ay no, no nos vamos a pasar la vida explicándole a nuestros hijos la mejor manera de vivir y blablabla. Además que se aburrirían y en algún momento ya no nos oirían, pues no estamos enseñando mucho, las cosas se conversan pero más importante aún es hacerlas visibles para que haya consistencia. Entonces, no somos los psicólogos de nuestros hijos, no les hagamos terapia “in house”, sólo aprendamos juntos a manejar de una mejor manera los conflictos. A nadie le gusta andar peleando con sus hijos, solo hay que aceptar que la vida, como la carnecita, “viene con hueso” y que hay que aprender a lidiar con esto de la mejor manera.

Y aquí -hígado andante- lidiando con mi adolescente hígado andando.

Hablamos,

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