Calle “Las moras”

Cada vez que puedo -que últimamente es todas las mañanas- voy a un café que queda muy cerca de mi casa. Tienen un ristretto que para qué te cuento, ve y pruébalo. Y además de disfrutar del café, cada vez que voy a este lugar me gusta recoger las moras que encuentro -en abundancia- en la vereda. Recuerdo claramente cuando tenía 8 ó 9 años y mi mamá me recogía del colegio, caminábamos de regreso a nuestra casa y en el camino pasábamos por un árbol de mora.

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Mi mamá me animaba a subir al árbol y sacar moras: “¿no quieres?”, me decía súper cómplice. Y yo me colgaba y le iba pasando las moras maravillosas, y mientras andaba super metida en mi hazaña escuchaba el grito de mi mamá: “señoraaaaa, ¡hay una niña colgada de su árbol de moras!”. Y me veías tirándome del árbol, asustada, con moras por todos lados, huyendo para salvar mi vida. Mientras mi mamá en una esquina disfrutando de su maldad. Siempre pasaba lo mismo: “mamá, pero no grites, ya?”, “no te preocupes hijita, saca moras”. Ilusa, siempre le creí, siempre hizo lo mismo :/

Y este domingo que anduve con mis papás en nuestras salidas de padres e hija que regularmente tenemos, los llevé a este café del que les hablaba al principio. Entre Italia y Recavarren, y hablábamos de todo cuando de repente mi mamá comenzó: “un árbol de mora, dos árboles de mora…”, mi papá siguió: “tres árboles de mora, cuatro árboles”. Resulta que en mis constantes visitas yo había identificado sólo un árbol de mora, y la verdad es que la calle está llena, pero realmente llena de árboles de mora. Mis papás se volvieron locazos, mi mamá terminó recolectando las moras que pudo (que fueron un montón). Y recordamos juntas aquella época de las moras, cuando ella era malvada.

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Recordé también una película en la que el chico le decía a la muchacha: “mientras más oscura la mora, más sabor tiene”. Haciendo referencia al color de su piel, un morenazo.

Hablamos,

firma

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