Cambio de planes

Algo me pasaba hace unos años, felizmente hace varios años, tenía algo en la cabeza que quería que pase, que quería lograr que pase. Y ahí me veías, metida totalmente, alma, corazón y vida, hasta lograrlo. Pero como en todo, uno no está solo, dependemos de otras personas, de sus propios planes, de la manera cómo ven las cosas, y no podemos -no debemos- controlar nada de eso, entonces algo no salía como lo estaba esperando y me envolvía la rabia, la frustración. ¡Yo lo quería de tal manera!, me envolvía la inmadurez.

Y eso no era lo peor, la parte más trágica estaba en que no podía disfrutar de lo que ya había conseguido, porque no era como yo lo había imaginado en mi cabeza pues. Podía ser mejor aún, pero no, no lo veía. Incapaz de ver más allá, incapaz de abrazar el camino y el resultado final. Y así dejé pasar situaciones, momentos con lo que pude ser inmensamente feliz. Y bueno, como lo vida está hecha para vivirla y para ver atrás solo para aprender y no para lamentarse por lo que uno no hizo, pues aquí estoy, cambiando de planes.

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Ojo, no cambio mi meta, la visualizo y la modifico y la mejoro en la medida en que avanzo. Estoy cada vez más segura de qué quiero, el cómo ahora no es tan importante, mientras no afecte a nadie (o a pocos), avanzo no más. No busco controlar lo que los demás hacen, porque además nunca pude, y porque no quiero, porque he entendido el valor de una mirada distinta, porque valoro las opiniones diferentes que mejoran la mía o la validan o a veces la cambian. Porque prefiero, en el camino, hacer aliados, agradecer por la compañía, no he dejado de buscar “venderle” a quien esté a mi lado qué es aquello que quiero conseguir y por qué. Me fascina la posibilidad de que compren la idea y que la abracemos juntos y avancemos hacia eso, con nuestras diferencias.

Ale, por ejemplo, mi pequeña de 8 años, es el ejemplo máximo de aquello que quiero lograr como persona en este aspecto. Ella tiene claro qué quiere -la claridad que te dan sus 8 años, obviamente- y no se hace bolas por el camino para lograrlo, no se complica si no era como ella pensaba, está abierta a escuchar ideas, se entusiasma con impresionante facilidad y sigue, avanza. Así quiero ser cuando sea grande.

Anita, de 17 años, con la fuerza que le da su edad y sus hormonas está en proceso de comprender que las cosas que uno desea pueden no ser cómo las pensamos, pueden no ser simplemente o puede que la realidad supere lo deseado. Que es necesario que se deje sorprender, que puede utilizar lo planificada que es, lo organizada que es (así también quiero ser cuando sea grande), para armar mejores planes que finalmente pueden sufrir variaciones, pero que es necesario tomarlas y avanzar, siempre avanzar.

Mientras más resistencia pongamos a la realidad, a las diferencias, a aquello que NO podemos controlar, más difícil resulta vivir nuestras vidas. La situación -me decía mi maravilloso mejor amigo- puede ser difícil, pero la vuelve más difícil aún la calidad de pensamientos que pongas sobre ella. Finalmente, lo que hay que manejar, lo que se hace necesario controlar entonces, es a uno mismo. Y aquí ando, alborotada y alborotando, clarísima en qué quiero. Y sabes qué, vivir así te hace libre.

Hablamos,

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