Navidad, ¿por qué hacemos todo esto?

Mañana a mañana, en los minutos que me toma salir de la cama para comenzar el día, reviso una serie de artículos de las revistas que siempre ojeo. Una de ellas es Kireei, y hace unos días publicaron un artículo llamado: ¿Celebrar la navidad ya no es lo mismo? y me saltaron las mismas preguntas que se hace al autora desde el comienzo hasta el final del mismo. Esta nota trata sobre navidad, sobre los rituales, las costumbres familiares, los recuerdos y de por qué hacemos todo lo que hacemos estas fechas (y la vida completa creo yo).

En mi caso, y como lo he contado en más de una oportunidad, recuerdo claramente a este grupo español que cantaba villancicos y a mi hermano y a mi inundados de emoción en estas fechas. Buscando regalos en los cajones de mis papás, el discurso de mi papá a las 12 de la noche que me hacía llorar, buscar los cohetecillos verdes que no se prendieron para partirlos a la mitad y prenderlos. Recuerdo las navidades con muchísimo cariño y siento que he llevado a mi casa lo mismo y más de lo que yo viví, con la ilusión de que mis hijas sientan tanta o más ilusión que yo. ¿Por qué? En mi caso, porque es necesaria la ilusión para sentirse vivo, es necesario desear, dar, hacer felices a otros y disfrutar.

Aquí la nota completa publicada en Kireei:

Ilustración de Coaner

El domingo pasado en casa encendimos la primera vela de la corona de Adviento. Este ritual forma parte de las tradiciones familiares navideñas que hemos ido construyendo con los años: encender las velas, abrir cada ventanita del calendario, montar el pesebre, “fer cagar el tió”, los regalos del piano… Como véis, hay tradiciones compartidas y otras particulares de nuestra propia familia.

¿Por qué hacemos todo eso? Mientras encendía la primera vela de la corona de adviento me hacía esta misma pregunta. Mi hijo mayor, ya adolescente, contemplaba la escena desde el sofá con aparente indiferencia. El mediano, preadolescente, se acercó un momento y enseguida se marchó. Solamente la pequeña siguió todo el proceso con interés, solamente a ella le brillaron los ojos y solamente ella me pidió ser la encargada de soplar la llama cuando tocara apagarla.

Los tiempos en que los dos mayores eran pequeños y la pequeña todavía no existía empiezan a quedar lejos. Recuerdo sus manitas sobre la mesa, una sobre la otra, para no tocar sin querer la llama ¡tan peligrosa que quema! Sus preguntas, sus inquietudes, sus ojos bien abiertos escuchando la primera carta de Papá Noel de Tolkien. Su ilusión cada mañana al abrir el calendario y encontrar una canica o una pegatina. Su inocencia.

El mismo domingo lo comentaba con una amiga cuyas hijas también se van haciendo mayores: ya no es como antes. “Espero que algo les quede y al menos lo recuerden con cariño cuando crezcan”, me dijo. Estoy convencida de ello. Lo estoy porque yo recuerdo con enorme cariño el pan rústico de dos quilos que compraba mi madre para que yo lo vaciara y montara dentro el portal de Belén. Un día dejé de hacer el pesebre y más adelante llegué a pensar que odiaba la Navidad. Pero los recuerdos se quedaron escondidos, esperando para salir y tomar un nuevo sentido con el paso del tiempo.

Recuerdo también haberme reído del pesebre de mi (entonces futura) suegra, que tenía unas gallinas más grandes que los camellos. Cada año ella recogía arena, musgo, troncos… y montaba un pesebre gigantesco con figuras dispares recopiladas a lo largo de los años. Me parecía una excentricidad y un capricho porque, por aquel entonces, a mi arrogante entender, los pesebres eran cosas de críos. Ahora que ella ya no está pienso en aquel pesebre con tanto cariño que las lágrimas se me saltan. La veo colocando sus lucecitas y ahora la entiendo.

Todo lo que hacemos tiene su significado y su eco en el futuro, no solo en el nuestro sino en el de las personas que nos rodean.
Por eso, el debate acerca del consumismo navideño – aún estando totalmente de acuerdo en lo absurdo de comprar por comprar y lo necesario que es tener presente la cuestión ética – no es lo que más me preocupa cuando veo a la gente preparando los regalos navideños. Lo que me preocupa es la intención. ¿Estamos cumpliendo con una rutinaria obligación social? ¿O estamos llenando de gestos, emociones y afectos nuestros recuerdos y los de nuestros seres queridos? En el futuro habremos olvidado la mayoría de los regalos que nos hicieron y casi todos los que hicimos. Pero recordaremos el tiempo dedicado a pensar en el otro, la ilusión al ver los paquetes bajo el árbol, la emoción de desenvolverlos, los abrazos y las risas…

Escrito por Elena, para Kireei.

Y ustedes, ¿por qué lo hacen?

Hablamos,

Lu

 

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