Una nueva forma de compartir, una nueva forma de generar recuerdos.

Cuando yo era chiquita recuerdo a mi mamá, sin su actual empresa, dedicada totalmente a su casa y a sus hijos (¡somos tres!). La recuerdo haciendo ropa hermosa, cocinando mientras iba cantando, y también la recuerdo haciendo tortas. Kekes de todos los tipos, tortas de matrimonio, las tortas de cumpleaños para mi hermano. Alguna vez hizo una cancha de fútbol con todo y jugadores. Hacía la masa para decorar también, toda una pro de la repostería.

La recuerdo estudiando para ser repostera, súper aplicada, apuntaba con su letra bonita todas las recetas de las clases a las que se inscribió, en un cuaderno que un día me regaló. Si algo sé yo de la cocina, de cocinar, de hornear (algo bastante en realidad), se lo debo totalmente a ella. Y no sólo me dio su cuaderno de recetas, me dio sus secretos también, su modo, su forma: “cierne por lo menos dos veces la harina, cada horno es distinto, amasa 20 veces, hinca con un palito el keke para saber si está listo…”

Y como todo tiene sentido y todo vuelve –a veces de una manera que no conoces- en cualquier momento, hace unos días me invitaron a probar el nuevo panetón Blanca Flor. Sí, el de la harina Blanca Flor.

paneton

Y en ese momento recordé todo: a mi mamá, sus tortas, sus ingredientes de siempre, entre ellos la harina –básica y base- y la que ella usaba era “la del flor”, como le decía yo.

Hoy Blanca Flor trae un panetón (que ya probé, devoré y terminé, porque soy adicta al panetón) que está realmente muy bueno, es esponjoso, no es seco, tiene un rico sabor, como el vino es rico en boca y en nariz (es que yo huelo todo antes de comerlo). Y, lo más importante, es un panetón para compartir con aquellas personas especiales que están desde siempre y para siempre.

Te recomiendo que lo pruebes, que lo compartas, te invito a generar nuevos recuerdos 🙂

Lu

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