¡Papá, mamá, dejen de maltratarme con sus exigencias!

Un artículo de León Trahtemberg que nos recuerda que no existe placer en la obligatoriedad, específicamente cuando “a la fuerza” buscamos que nos nuestros hijos aprendan, hagan y hasta disfruten.

A veces el sentido común del quehacer cotidiano en una economía de mercado no es el más inteligente ni acertado de los sentidos cuando se lo quiere aplicar en ámbitos no empresariales o comerciales, como lo es el educativo.

Por ejemplo: el sentido común empresarial podría decir: “Mientras antes los alumnos aprendan a leer y escribir, tanto mejor. Tendrán ventajas”. Y a partir de ello elegir centros de educación inicial que presionen a los niños para que aprendan a leer y escribir a los 5 años o antes, cuando al menos 2/3 de ellos no están maduros para disfrutar de ese aprendizaje.

Quizá aprenderán “a la fuerza”, pero con el paso de los años los padres se preguntarán: “¿Por qué nuestros hijos no leen espontáneamente?”, “¿Por qué no disfrutan de la escolaridad?”. Y quizá entonces se preguntarán si haber aprendido a leer y escribir bajo presión, tortuosamente, llevó a sus hijos a disfrutar de los aprendizajes escolares posteriores, y si los problemas de motivación, conducta o rechazo total a áreas como matemáticas no tienen que ver con esas huellas del apresuramiento grabadas en la primaria.

Otro ejemplo: el sentido común empresarial nos dice que en un mundo competitivo es bueno que los alumnos aprendan a competir desde pequeños. Inspirados en ello, los profesores de primaria hacen competir a los alumnos en las clases de matemáticas o lectura para ver “quién calcula más rápido” o en las clases de lenguaje para ver “quién lee más rápido”.

La economía de mercado enseña que la competencia es buena porque crea una tensión por mejorar entre los competidores. Pero la “economía pedagógica” dice que no hay peor incentivo para un estudiante débil que hacerlo pasar por la vergüenza continua de ser el eterno perdedor. Porque desde antes de las competencias los profesores ya saben quiénes ganarán y quiénes perderán. Eso sólo alimenta la soberbia de los ganadores y debilita la autoestima de los perdedores.

En la economía de mercado, el perdedor sale del mercado. En la economía educativa, ¿queremos que el perdedor salga de la escuela, de la comunidad, que sea un resentido crónico? En los hechos, eso es lo que está pasando.

Es curioso que en Finlandia, país líder del mundo en educación, se permite que los niños empiecen a leer formalmente recién a los 7 años. La lógica parece ser “es mejor que el alumno aprenda por sí solo, a empujarlo anticipadamente a que aprenda presionado”. Ello, debido a los efectos negativos que produce para el mediano plazo iniciar la escolaridad con miedos, angustias y rechazos. Junto con ellos, todo lo que el alumno aprenda por sí solo, por curiosidad y motivación propia, será mucho más estimulante y enriquecedor que aquello que aprende por presión de otros.

¿Qué sentido tiene que los padres asuman que lo que el niño no puede aprender a los 6 o 7 años, lo vaya a aprender a los 5 años? ¿Alguien le enseñaría a un niño de primaria cálculo diferencial e integral? Esa es más o menos la analogía. Muchos estudiantes de ciencias, economía o ingeniería aprenden el Cálculo Diferencial e Integral tortuosamente, sin llega a entenderlo nunca. Se limitan entonces a usar algunas fórmulas para derivar o integrar mecánicamente, sin entender qué están haciendo. Pregúntenles si más allá de esas odiosas clases y exámenes en las que se veían obligados a usar algunas fórmulas de derivadas e integrales, si los han seguido usando más adelante para sus quehaceres profesionales. No se sorprendan que después de esos exámenes, jamás los hayan vuelto a usar.

Si los padres realmente quieren que sus hijos disfruten de sus vidas escolares, dejen que aprendan las cosas con paciencia, que se diviertan aprendiendo; denles tiempo para entender sin mecanizarse, no presionen a los profesores a hacer algo que todos los entendidos dicen que es nocivo.

Vayamos con calma, el tiempo no se detiene, es un hecho. Pero ¿cuándo nos detendremos nosotros en lo realmente importante?

Hablamos,

Lu

Nota:
Este artículo fue publicado en: trahtemberg.com

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