La pesadilla de Ale.

Hoy no tenía que llegar a la oficina temprano, aprovechando la situación (que no pasa seguido), dormí un poco más y con calma desperté a Ale, tenía que alistarla para ir al colegio. Fui hasta su cama y extendí mis manos para cargarla, como una bebita de meses se dejó llevar. La llevé a la sala, me senté y la senté sobre mis piernas. Tenía su cabecita sobre mi pecho, cerramos los ojos un ratito. Ese momento podría llamarse: paz.

Sólo unos segundos después y con un puchero de esos que te rompen el corazón, van directo a la emoción y te dan ganas de llorar, me dijo: “Mami, he tenido un sueño muy feo. ¿Te cuento?”. Llorando comenzó a contarme de las arañas de sus sueños, de cómo convierten en malas a las personas que ella quiere y cómo esto le daba mucha pena.

by Delphine Durand

Casi le hago hipnosis -aunque no sé cómo se hace- para ir hasta ese recuerdo feo y borrarlo de su memoria. Le dije que sólo era un sueño, que nada era verdad, que las arañas no son malas y que las personas que ella quiere son buenas. Pobrecita, me abrazó fuerte y la llevé con su papá, quien -fiel a su estilo- comenzó con los chistes acerca de las arañas.

Si un adulto tiene pesadillas y se levanta asustado, movido de alguna manera, pero de inmediato racionaliza acerca de que aún las peores pesadillas son sólo eso, malos sueños. ¿Se imagina cómo se siente un niño? Es importante no reaccionar con drama, comprender y actuar con empatía, sí. Evitemos sacar conclusiones acerca de “qué significará aquello que ha soñado mi hijo”, no somos Freud. ¿Interpretar los sueños?, qué flojera, mejor observemos el entorno y la dinámica en la que se desenvuelven nuestros hijos, seamos padres atentos.

Hablamos,

Lu

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