Negro San Valentín

La semana pasada, hasta ayer, estuve en diversos lugares del Perú y mientras iba de avión en avión, 1 vez, 2 veces, 3 veces, ojeé -todo lo que pude- la revista IN de Lan, y me “pegué” con un artículo titulado “Negro San Valentín”. Sí, ya pasó el 14 de febrero, ya casi se acaba este mes, pero este artículo está para leer en cualquier época del año.

No sé si es por mi humor (negro) de este último mes, si es por mi reciente necesidad de asegurar mis sentimientos, de renovarlos, de cumplir mis promesas y confiar nuevamente, lo que hace que este artículo me guste tanto. Se trata de amor, de “esos pequeños milagros que suceden cada tanto, sin que nadie lo sepa”.

negrosanvalentin

La presencia de San Valentín en el medio del mes de febrero lo transforma, como si fuera un disfraz mal puesto, en el mes universal del amor. Basta con salir a la calle para darse cuenta. Las chocolaterías se esmeran en hacer cajas preciosas en forma de corazón, las florerías ofrecen los ramos más románticos y vaporosos, los restaurantes proponen un menú afrodisíaco para dos, y las compañías de telefonía hacen descuentos para que las parejas a la distancia se puedan decir cosas lindas a mitad de precio. El mercado lo grita: hasta las gaseosas emblemáticas, que nunca cambian su logo, ese día decoran la etiqueta con moños rojos y esconden un poema debajo de la tapita.

Sin embargo, para los que no tienen pareja, todos esos gestos románticos no sólo no inspiran ni conmueven, sino que se transforman en la peor de las pesadillas. Para ellos, aunque el calendario diga lo contrario, febrero no es el mes del amor sino aquel en que están más solos.  Porque ya no sólo se lo dicen sus madres cuando piden nietos, sino que también se lo gritan las marcas, el cine, los puestos de flores callejeros.

Alguna vez, como un náufrago que se aferra a un pedazo de madera podrida, todas hemos aceptado una cita salvavidas, inventada, de liquidación. Con tal de no pasar la noche solas frente al televisor viendo la misma comedia romántica de nuevo, consideramos una propuesta de último momento a la que todo el año le dijimos que no. Un compañero de oficina que siempre nos pareció espantoso, un novio al que ya no queremos. Nos peinamos lindas y nos compramos unos zapatos nuevos fingiendo interés, y seguimos una conversación llena de lugares comunes sobre una persona que sabemos, de antemano, no será nada más que un remiendo.

Aceptamos salir pero de mentiritas, porque no fuimos a enamorarnos, sino a sentirnos menos vulnerables frente a esas vidrieras tan rojas, tan acorazonadas, tan llenas de moños. Lo hacemos, supongo, porque en febrero no se puede estar solo. Lo dice en todos lados, hasta en las tapas de gaseosas.

Otros años, flemáticas y ermitañas, decidimos combatir la presión como guerrilleras del celibato. Nos juntamos con otras amigas solteras en un restaurante u organizamos una fiesta anti San Valentín, que termina siendo un arca de Noé de desesperados, que no quieren celebrar la soltería sino buscar novio para no tener que volver el año siguiente.

¡Incluso las que estamos casadas lo sentimos como un peso! Tenemos que inventar la cita, fingir romanticismo adolescente, ir a restaurantes exóticos a entrelazarnos las manos después de trabajar como mulas de carga durante toda la jornada. ¡Si ya festejamos juntos el aniversario, el cumpleaños, la Navidad, el día del padre, de la madre, del amigo! ¿Para qué queremos un día del amor en el medio del verano? »

Al final, si hacen la cuenta, es muy poca la gente que disfruta de San Valentín. Los novios recientes, quizás. O los jóvenes con mucho tiempo libre. Sin embargo, con todos sus rechazos y burlas, el día de los enamorados sigue ahí. Cada vez más firme en el calendario, cada vez más arraigado a la cultura latina. Y está ahí no porque todos la pasemos bien sino, porque a veces, cada tanto, sucede un milagro. Yo, sin ir más lejos, me puse de novia con el que ahora es mi marido en el día de San Valentín. En ese entonces éramos amigos y yo estaba de novia con un idiota que se iba de viaje y esa noche me dejaba sola. Mi amigo estaba viéndose con una chica que no le terminaba de gustar y que lo quería obligar a celebrar una cena romántica como si estuvieran enamorados. Él se negó. Ella lo dejó. Mi novio se fue. Y nosotros, dos cínicos de manual, decidimos negar San Valentín cocinando juntos y mirando una película en mi casa.

Ese día, mientras nos quejábamos de esa fecha tan tonta, sin querer nos enamoramos. No lo supimos hasta 15 días más tarde, pero fue ahí, mientras yo picaba cebolla y él conectaba el reproductor de DVD en el living. San Valentín es cursi, le hace mal a medio mundo, y es una fecha inflada por el marketing más rastrero. Pero no resiste en el calendario gracias a Hollywood y a sus comedias ni a la creatividad de las chocolaterías de diseño, sino a esos pequeños milagros que suceden cada tanto, sin que nadie lo sepa, entre dos personas que festejan sin saber que están festejando en la cocina de un departamento.

Carolina Aguirre
Guionista de cine, televisión y publicidad. Ha publicado los libros Bestiaria y Ciega a Citas (que se adaptó para televisión y se vendió a más de 44 países) y acaba de lanzar El efecto Noemí.

Ufff, sí, soy pura melcocha estos días. Es que se siente bien querer.

Hablamos,

Lu

DATO: Este artículo fue tomado de la Revista IN de Lan, del mes de Febrero, para verla pueden dar clic aquí.

Deja un comentario