Celebrando los éxitos y las derrotas

Anacé es una tremenda deportista, ya se los había contado por aquí, también les confesé que ser deportista no lo heredó de mi 🙁 . Y hace unos sábados participó en una competencia, corrió más de 200 metros planos. No entendía -dentro de mi cabeza madre exagerada, histérica y escandalosa- cómo era posible que un coranzoncito tan pequeño resistiera tanto. Y es que ella entrena y muchísimo. Lunes, Miércoles y Viernes de 3 a 6pm y le encanta, chequea su “marca” y se reta a si misma para superarla cada vez.

Ese sábado no ganó, la competencia era de postas y su equipo llegó en 4to lugar. Empezó a llorar después que le pasó la posta  a la última niña de su equipo y notó que perdían. Lloró sola, unos segundos, ni Aldo ni yo intervenimos, luego se tranquilizó y empezó a prepararse para la competencia de salto largo. Esa capacidad que tiene de ella de recomponerse es fabulosa, la ayuda ahora y le servirá siempre.

by Jenny Meilihove

Pero qué sucede cuando nosotros, padres, dejamos de ver el deporte como una experiencia que pone en juego vitalidad, placer y comunión de intereses  y pasamos a verla como una prueba más de competitividad y demostración de superioridad, antes que una instancia donde nos medimos sanamente con nosotros y nuestros pares, nos explica Roberto Lerner en uno de sus últimos artículos. Y los obligamos a ir a entrenar, a ganar y a no cometer errores. Y no procuramos “entrenarlos” a superar el fracaso.

Nos convertimos en entrenadores y dejamos de ser sus padres, pasamos a ser sus hinchas desenfrenados y podemos entrar a la cancha a exigir un punto, podemos pifiar a otros competidores o exigirle al entrenador que “haga bien su trabajo”.  Los chicos –nos dice Roberto- quieren, aun cuando practican un deporte de competencia, sentir que los adultos se comportan como tales, y el espectáculo de los padres perdiendo el control con tanta facilidad elimina probablemente cualquier efecto positivo que pudiera tener el ejercicio físico.

Los deportes son un medio ideal para afirmar el cuerpo, consolidar la imagen corporal, integrarse en equipos, aprender las virtudes de la disciplina bien entendida y las reglas de la competencia leal. De hecho, una experiencia deportiva intensa y sostenida durante la niñez y la adolescencia puede ser un elemento formativo verdaderamente positivo e importante para la educación integral de una persona, indica Roberto.

Y en su artículo Roberto nos da algunas ideas para cuando se acompaña a un hijo al campo, o se va allí a buscarlo:

• Antes de preguntar por los resultados hay otras cosas importantes que el niño nos quiere contar. Hay que prestarle atención.

• Hay que alentar el esfuerzo y no sustituirnos al entrenador, y dar consejos acerca de cómo hacer bien las cosas.

• No hay que forzar a un niño que se siente asustado y amedrentado, a seguir persistiendo en un deporte en el que no se siente cómodo. Antes que aprender persistencia aprenderá que no lo apoyamos en momentos de dificultad.

• No se debe perder el control y hay que poner las cosas en su verdadera dimensión: aceptar las derrotas como instancias que forman parte del deporte y la vida; respetar a los adversarios y volver rápidamente a la convivencia luego de escuchado el pitazo final.

Disfruten de los éxitos y también de las derrotas de sus pequeños. Los errores y los fracasos nos indican qué hacer la próxima vez y nos entrenan en la vida.

Hablamos,

Lu

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